Horror en el balcón

Aunque lo hacía siempre que se quedaba solo en casa los fines de semana de puente, este sábado decidió no acostarse a revisar redes sociales y jugar en su smartphone hasta la madrugada, en cambió, caminó un poco hasta la tienda en donde compró un medio de marlboro y un encendedor, luego, esquivando el ruido nocturno de los bares se internó en el barrio silencioso que rodea el canal y fumando taciturno dejó que su mente divagara como en otras épocas.

Fue en medio de algunas cavilaciones disparatadas sobre la existencia de los dioses primigenios que escuchó algo extraño en un jardín oscuro de una casa algo lóbrega y en evidente abandono. Lo tomó por sorpresa ya que el personaje en el vano de la puerta lo llamó por su nombre y lo invitó a seguir con un gesto firme, casi una orden. Se adelantó un poco y pudo distinguir formas humanas retorcerse en medio de los arbustos, gimiendo quedamente y aunque en la oscuridad no se podía ver, era evidente al olfato que se movían en un charco de sangre y heces. La curiosidad y otro extraño impulso lo llevaron a seguir al personaje hacia el interior de la casa, una vez adentro las voces susurrantes se impregnaron en su oído y tardaría todavía mucho tiempo, y licor, para sacarlas.
Jamás pensó ver algún día como los relatos oscuros de profanación y horror se convertían en realidad ante sus ojos. Rituales siniestros que sucedían en cada habitación de esta casa de pesadilla persistieron como una mancha imborrable en sus recuerdos por el resto de sus días. El castigo de los condenados no es la muerte, es el tormento del recuerdo imborrable, la sangre corriendo por las paredes como imagen recurrente, los gritos en la mitad de la noche silenciosa, y los susurros cuando casi quedas dormido, la condena es vivir después de conocer el infierno.
En la última habitación la encontró, piel blanca como la luz de luna que atravesaba la cortina improvisada con una sábana, labios rojos y mirada perdida, desnuda incluso de cualquier pequeña muestra de vello corporal, acostada en el piso en el centro de un pentagrama imbuido de símbolos, musitando un canto suave e indistinguible. Tan pronto como lo vio, la mirada suplicante, la mano estirada en busca de ayuda señalando el hacha ensangrentada tirada en el piso, le hicieron saber cual era el objetivo de su venida.
Con un golpe certero, separó la cabeza del demonio encarnado en mujer y gritó el nombre de quien un día le había hablado en sueños y grabado en fuego dentro de su memoria escondida la misión de acabar con esa malévola presencia antes de que pudiera caminar fuera del círculo de invocación.
Caminó nuevamente hacia su casa, al llegar se dirigió al balcón para fumar un nuevo cigarrillo, colgado del cuello, el cuerpo de una mujer cubierta en sangre   se evaporó dejando un aroma de cenizas y cal.

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